¿Por qué estamos tristes?... ¿Por qué a veces necesitamos tanto ciertas cosas que no tenemos?... o simplemente ¿Por qué nos aferramos a la idea de cambiar el devenir de la vida?. Me inspiro en aquella frase de Ghandi "si quieres cambiar el mundo, cámbiate a tí mismo". Cambiemos lo que nos rodea, o hagamos que lo que nos sitia, sea lo que ciertamente deseamos. Fácil en teoría, pero existen ocasiones, en las que hacer posible todo ésto, es tan complicado como la propia vida en sí. Y es entonces, cuando amamos lo que no podemos alcanzar.
Esta semana está siendo intensa. Llena de dudas provocadas y de los efectos secundarios de un cariño en el que no debí detenerme nunca. Pero no voy a arrepentirme, ni a dar marcha atrás a algo que me hacía feliz. No voy, ni por un momento, a plantearme el ¿por qué?... ya que mi propia respuesta, no me saciaría.
Lo que sí es muy cierto es que hacía meses que no sentía un abrazo. Una caricia. Un guiño, un gesto, una palabra. El muro se había cerrado de nuevo, y únicamente dejaba asomar una diminuta ráfaga de luz de todo lo que había en su interior. Un interior tan lleno, que hoy necesita rebosar. Un interior tan pleno, que necesita volver a empezar, para así, poder seguir esperando. Vuelven las meigas y las brujas de antaño, volver a brindar con extraños, y esconder, una vez más, el corazón que late, para que sea el frío, quien se encargue de llevar mi día a día.
Hoy me volqué afuera de mí mismo. Mucho tiempo después. El pasado, el presente y mi saludo al futuro. Paseé con el único objetivo de ver que ocurría... y ocurrió.
Una vez más... "no son los años de la vida... sino la vida de los años". Gracias por todo este tiempo. De corazón
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